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Carolina Campoamor, Paola Boccalari, Mirta Perez, Azucena Salpeter, Marcelo Steblok, Adriana Romano, José María Pallaoro, Romina Torchio y Carolina Cortazzo |
ENCUENTRO CON
AZUCENA SALPETER
Cuando caminé otra vez por el pasillo
oscuro al fondo, dejé atrás una noche fría de los últimos días de mayo. Al
entrar a la sala el calor tibio me reconfortó inesperadamente.
Estaban reunidos alrededor de la mesa
con el infaltable mate, sanguchitos y medialunas. Los saludé a todos y por
último a Azucena. Me sentía contenta por el placer que me daba sentarme a
escuchar sobre el recorrido de una artista y escritora de poesía en primera
persona, porque escuchar enriquece e inspira.
Azucena es médica, violinista, pintora y
poeta, es una mujer multifacética que entusiasma con el relato de su vida.
Habló de sus orígenes judíos y de cómo su padre huyó de los nazis en Ucrania
para venir a la Argentina y establecerse. El holocausto siempre nos silencia en
una pausa intensa en la que nuestra humanidad se interpela.
Azucena expresa una gran necesidad de
introspección y todas las noches se refugia en su silencio interno para que
fluyan las palabras que hacen nacer los poemas y sus reflexiones. Ella empezó a
escribir muy temprano en su infancia y nunca pudo dejar de hacerlo y así ha
respirado las ideas y las palabras como una nutrición esencial de toda su vida.
Anoté sólo algunos de los títulos de sus
libros, ya que entre mate y mate preferí dedicarme a escucharla y observé un
componente fuertemente espiritual y existencial en su persona aunque no
religioso, por ejemplo en Y el cielo sonrió
que habla de la indiferencia con la que el cielo nos trata cuando buscamos
respuestas a tantas cosas y entonces sonríe para simplemente callar.
También habló de sus emociones cuando al
mirar la pared de su patio se siente mal a medida que la humedad la va llenado
de manchas verdosas y oscuras y entonces la pinta de blanco. Sin embargo otras
veces, con otro estado anímico más apacible, permite que las manchas aparezcan
y entonces descubre que tienen una riqueza visual propia y que tal vez la blancura
del muro necesite de la oscuridad para poder ser.
En su proceso creativo, tanto en la
pintura como en la escritura, se deja llevar por lo que vaya surgiendo y nunca
sabe realmente hacia donde la llevarán los colores y las formas ya que nunca
boceta ni cuadros ni poemas. Mirta comentó que interpretaba algunos de sus
versos de una manera diferente de lo que Azucena había querido transmitir y eso
fue considerado como algo muy interesante ya que todas las lecturas van
enriqueciendo el poema a partir de las diferentes miradas de cada uno.
En la biblioteca que estaba enfrente de
la mesa alguien había ubicado en el estante superior el cuadro pintado por
Azucena. Me gustó bautizarlo “La mujer de las sombras moradas”. A todos nos
llamó mucho la atención tanto por sus pinceladas difusas como por lo enigmático
de la figura. Detrás del ala de su sombrero nos observaba con su sonrisa
insinuada y me imaginé que era otra Azucena, de otro momento, tal vez de otro
espacio, que guardaba en secreto otras historias que llegado el tiempo estaría
dispuesta a rebelar.
Carolina Campoamor nació en 1960 en La
Plata.
Integrante del Taller Mundo Despierto.
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